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Declarada Viedma capital del
territorio de la Patagonia y establecido el nuevo despacho
administrativo, el poblazón proteico de expresiones propias sentiría
a través de una invención burocrática y reclutada, la influencia de
un conglomerado heterogéneo de caracteres en la vida pública, que se
intensificarían a breve plazo con la Organización de los Territorios
Nacionales.
Carmen de Patagones, históricamente monopolizada por el temperamento
patriarcal y retórico, forzada a vivir en la subordinación de las
distancias, el desierto del indio, la milicia criolla y el
mercantilismo portuario; sin tiempo para su propio
ordenamiento, la compleja federalización de Buenos Aires, la
incluiría en las exigencias y antagonismos de su propio sistema.
La atracción inmigratoria con actitudes colonizadoras, se revelaría
opuesta al significado de una política de espacio, en una
distribución que predominaría distante e insignificante menor en el
vecindario rural; amenazando el compromiso de apertura, al
crecimiento por una insularización que tendría sus propios efectos
sociales y económicos junto a las riberas del río Negro.
Alimentando narraciones y acontecimientos entre la travesura de los
grandes espacios, en una tierra extraña para merchantes e
inmigrantes mirando en unos los derechos de los otros, construyeron
en ambos pueblos sus propias declaraciones biográficas,
caprichosamente sentimentales.
El muelle marítimo cronicado a diario por el periodismo incipiente,
listó vapores y pasajeros entre mercaderías llevando la fama de la
cerda y la lana sureña; cueros y pieles, colmando bodegas para
seguir otras rutas a mar abierto.
Sin manifestaciones palpables, empequeñecido y solitario mostrando
sus viejas barracas calladas, la actividad portuaria declinaría
hasta desaparecer junto al tiempo abstraído en su tarea de
contemporizar, abriendo otras corrientes del desarrollo que irían
tutelando el camino del futuro.
Quedando en un extremo de la historiografía, el reflejo de
semejantes años que al ser leídos, nada se esconde en la lectura y
nada se pierde de lo mucho vivido a más de un siglo en las
yuxtapuestas poblaciones.
UN VIAJE A BAHÍA BLANCA
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Ya en la dinastía del
progreso, la región vio correr la caballada atada a la dura cuarta
de cuero crudo, arrastrando a los viandantes a lomo de galera por
aquéllos caminos al azar.
Perpetuos bohemios, los mayorales enlazados entre el polvo y el
viento soberano hilvanaban la larga carrera a un destino bucólico,
haciendo un alto en las postas arrobadas por el sol, polvorientas y
descoloridas como estampas de rincón.

La Patagonia, inmensa
extensión de nuestra tierra era habitada por el indio, cubierta de
achaparrada vegetación con una fauna típica, grandes travesías
áridas y peligrosas para su tránsito. Huellas bifurcadas solamente
en el vecindal de Carmen de Patagones, única población más austral
hasta 1862, en que los galeses se instalan en el Chubut.
Empero a medida que transcurre el tiempo, se va consolidando nuestra
nacionalidad, poblándose estas regiones desérticas con gente y
ganado, iniciándose tímidamente la agricultura, los frutos del país,
saladeros y graserías junto a una corriente inmigratoria que se
establece.
Es entonces, que los caminos transitados por el aborigen, los
gauchos y las haciendas se ven cursados por carretas, diligencias y
galeras, precursores del ferrocarril. En Chubut, una compañía
inglesa agrícola, inicia en 1877 una línea férrea que desde Trelew
uniría Puerto Madryn, terminando su construcción en 1889.
Al poco tiempo llega el gran Ferrocarril del Sud, prolongando su
trayecto hasta Bahía Blanca propulsando en forma acelerada, el
avance de todas las actividades que en potencia existían en nuestro
país.
Patagones se unía a Bahía Blanca, Pringles, Colorado y Roca por
caminos vecinales a través de llanos, lomas, bosques de chañares,
jarillas, piquillines y algarrobos; travesías como la de Negro
Muerto a Valcheta siendo el río Negro el mejor guía, con su - camino
de abajo y camino de arriba – recorridos por necesidad en época
lluviosa donde las huellas se volvían fangosas e intransitables.
El baqueano, era el hombre necesario para el viajero que por primera
vez se aventuraba por estos parajes. Conoce el rumbo en campo
abierto, de noche como de día y se orienta ante el asombro y
admiración del viajante, guiado por su instinto y dotes naturales.
Mastica hierba, huele la tierra, el vuelo de las aves, una piedra
removida, el correr de los guanacos y los cimarrones le permitía
leer como un libro abierto el derrotero a seguir.
Viaja sin perderse y si la duda lo asalta no titubea en la noche en
hacer cama con su recado, cubrirse con el poncho y dormir hasta que
despunte el alba para hallarse en condiciones de reanudar el viaje.
Carretas tiradas por el pesado paso de los bueyes, eran utilizados
para el transporte de artículos y mercaderías varias, con las cuales
se verificaba el intercambio y así el conductor con un corto
arreador, mantenía el ritmo de la marcha.
Otras veces estas carretas se empleaban para el transporte de
pasajeros, en donde mujeres y niños se acomodaban en el - buche
delantero – carga y algunos enseres domésticos ocupaban el resto; no
olvidando chifes con agua y leña para el fogón del camino.
El coche de sopanda y la berlina con el andar de los años, fueron
reemplazados por la galera en la que acomodaban carga y pasajeros;
arrastrada por seis o siete yuntas de caballos y dirigida por el
mayoral acompañado a menudo por un ayudante encaramado en el alto
pescante.
Tres o cuatro cuarteadores como auxiliares, que en tiempos de lluvia
aumentaban de número y que marchaban a la par cuando la cuarta era
corta y de cabestros o cadeneros cuando la cadena o soga en larga
sobrepasaba el tiro delantero.
La galera que unía Carmen de Patagones con Bahía Blanca y viceversa,
era el único medio de locomoción terrestre que existía con las
postas denominadas Primeros Pozos, Querencia, Jarillas, Puchelú,
Monte de los Loros, Corrales de Lepe, Elfi, Arró, El Gaucho,
Juncales, La Cueva, Colorado (Fortín Mercedes), Tranquera de Luro,
Tres Chañares, Romero, Zarzas, Monte La Plata, Cabeza de Buey y
Bahía Blanca.
La marcha se iniciaba al alba, haciendo noche en la posta y
alojamiento en Fortín Mercedes, continuando a la madrugada para
llegar a destino después de la caída del sol con horario de buen
tiempo.
El mayoral armado de una de una larga zotera, era la suprema
autoridad de la galera y único responsable del pasaje y de su carga.
Los cuarteadores como subalternos debían plena obediencia y entre
todos defender el vehículo contra los peligros que pudieran cernirse
sobre ella.
Generalmente estos subordinados eran indios acostumbrados al
cristiano, gauchos pobretones vestidos de chiripá, blusa corta,
descalzos o calzados de cuero sobado, facón a la cintura, vincha y
sombrero alto.
Los caballos eran animados a gritos haciendo restallar en el aire el
largo arreador, mientras la galera parecía volar por el camino.
El mayoral solía entonar canciones de múltiples estilos, rimando
frases, mientras los cuarteadores hacían coro en tonos más bajo,
interrumpidos con frecuencia por los llamados del conductor a fin de
mantener el ritmo de carrera.
Cualquier accidente del terreno entre pantanos, salitrales y
médanos, obligaba al personal y pasajeros aumentar el esfuerzo de
tiro junto a los matungos. Usualmente la galera se enterraba hasta
la maza, recrudeciendo el griterío mientras los caballos echando
espuma y cubiertos de sudor entre aliento y aliento, reiniciaban la
escena zafando del percance. Por unos minutos hombres y bestias
descansaban rendidos, para luego continuar el trayecto hasta la
próxima posta, donde se hacía la muda de la fuerza de tiro.
El aspecto de la región pasando el río Colorado era monótona,
viéndose zorros, liebres y guanacos, algunas avestruces y caranchos.
Raquíticos y mezquinos chañares, jumes, piquillines y mataperros.
Tras tres o cuatro días de marcha, la llegada se anunciaba con
toques de corneta anunciando el paso de la galera congregando a
vecinos y curiosos, amontonados festejando el feliz arribo.
La Intendencia de Guerra tenía en Patagones por aquéllos años, una
agencia de transportes con carros. Troperos, arrieros y porteadores
con una reglamentación severa que practicaban en el traslado de
mercaderías ó personas mediante una comisión, se constituyeron en el
único medio de unión desde el Atlántico a la Cordillera.
Extractos.
Textual
Apuntes de Luis Gutman editados serialmente en 1936
Carmen de Patagones


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El extenso anecdotario
exhuma entre apuntes y relatos la curiosidad por las “faenas de
vigilancia” junto a la población sobreviviendo con paciencia y
abundante audacia, la malonada india irremisiblemente enojada…
“Siempre hubo algunas
corridas que afortunadamente fueron anunciadas por algún
poblador de los mas alejados del pueblo, por los guardias
nacionales destacados en los fortines y algún indio amigo
agradecido por los favores recibidos de las autoridades. En
tales casos y si el tiempo de que se disponía era suficiente
(por estar la indiada a una distancia respetable) se hacían tres
disparos de cañón desde el fuerte, que era la señal convenida
para que todos los pobladores y habitantes de la campaña en ocho
leguas a la redonda, se encontrasen en el pueblo.
También para que concurriera la tribu de indios mansos
auxiliares, que tenían su asiento en San Javier cercana a
Viedma, mandados por el cacique Chingoleo.
Pero si la partida india estaba a corta distancia, se ordenaba
al trompa de órdenes recorrer las calles del pueblo, lanzando
toques de alarma con su clarín.
Estos avisos eran muy bien conocidos por los vecinos y hasta los
niños sabían apreciar su significado. En tales casos nuestros
padres o hermanos mayores, concurrían al fuerte armados con
fusil y sable a recibir órdenes de las autoridades.
Cierta vez presencié frente a un verdadero apuro invasor, la
requisa de caballos por soldados y civiles autorizados,
produciéndose escenas pintorescas como la de aquél caballo
parejero con que se tenía concertada una carrera por sumas
importantes y su dueño lo cuidaba como la niña de sus ojos,
cubierto por una cuidada lana.
Le cortaron la soga de la estaca y se lo llevaron al galope para
que lo montase un oficial en carrera veloz a la campaña, dejando
boquiabierto al propietario.”
Relatos editados en el
periódico La Nueva Era.
1918.
Extractos



En el ancho patio recién
carpido, la purretada musical del padre salesiano José Fagnano
espiaba inquieta los pasteles en el fuentón de lata, haciendo
levitar los pequeños estómagos apurados por el aroma apetitoso
de un festín goloso en puerta.
Los muchachos de la banda de música venían de gozar el triunfo,
sabiendo darle a las bombardas y al tamboril a pura fuerza,
satisfaciendo a todos y alivianando la pereza de los oídos
musicales.
Claros y distintos agarrando el ritmo para no soltarlo,
acompañaron al vecindario con marchitas que venían como molde en
las fiestas tradicionales, dando vuelta de alegría al pueblo.
Con sus sombreritos parecían venir del cielo, para ganarse los
corazones de la tierra y en el barullo, algunas mozas gritando a
coro “no les corten las alas” aplaudían a rabiar entre
imaginación y sentimiento, frente a la precoz habilidad de los
ejecutantes. M.B.
“Apenas tres meses que
habían comenzado las clases de música, cuando temprano en una
mañana el padre Fagnano llama a don Félix Caperochipi, el vasco
carlista que buscó la tranquilidad junto al río Negro y que por
entonces fungía de organista y maestro parroquial de canto, en
el colegio salesiano.
Organizar una bandita de música no era tarea fácil para la
reciente ameritada responsabilidad del vasco, y que el padre
afectuosamente había instruído, aún en la carencia de
instrumentos básicos para el mentado proyecto. Félix nunca supo
por que arte Fagnano consiguió los bronces, los cornetines y
trombones, ya que ni en Patagones ni a cien leguas a la redonda
había uno solo.
A los pocos días para sorpresa de todos llegaban al pueblo,
brillantes y sonoros en sus prolijos estuches a sembrar alegría.
Caperochipi ayudado por el músico Audisio, que entendía de
pentagramas y antiguo trombonista de la banda de un tal Dogliani
en el pueblo italiano de Valdocco, comenzaron la tarea ciclópea
de enseñar a los pequeños los misterios de la música. Por
semanas chirridos, fragores y estridencias alarmaron al
vecindario y surtidas quejas de menor o mayor calibre, golpearon
las puertas del improvisado salón de ensayos a ventanas abiertas
o en el amplio patio como escenario.
Pronto algunos purretes del poblazón, entusiasmados por la
musical idea, consiguieron que sus padres les adquirieran nuevos
instrumentos y entraron “pleno jure” a formar parte del grupo,
aumentando el número de músicos mientras aprendían las primeras
marchitas a todo pulmón.
Tras varios meses de largas horas de estudios y prácticas, el
conjunto funcionaba con distinción, armando un cuadro permanente
de veinte músicos. Los Niños de Fagnano se destacaban y la
inocente rivalidad pronto ejerció su espacio; a pocas calles
nacía la Banda de Garibaldi agrupando a barbados adultos,
italianos en alma y vida, bajo la batuta del vecino y maestro
Deffourni.
Rápidamente armaron un repertorio de varias piezas con sostenida
percusión hilvanando polcas y mazurcas, algunas peninsulares con
toque propio que el conjunto garibaldino buscaba en el
destaque. Pero en Viedma, apenas en la ribera de enfrente, no
podía ser menos y varios jóvenes formaron y decretaron a todo
corazón, la constitución del grupo La Lira, seguidos por el
entusiasmo musical del poblador Pedro Inda, fijando los ensayos
en días de sol frente al río, acrecentando su petite historie
con las partituras a cuestas.
Y así, tres bandas contribuyeron a su manera, alegrar las
fiestas y reuniones a veces codeando superioridad entre ellas,
apelando a propias aptitudes artísticas. En el remonte, de la
pulpa juvenil de los purretes de Fagnano, prolijos marchando y
madrugadores, la simpatía fabricando aplausos espontáneos de los
espectadores se llevaron las palmas, chispeantes y risueños como
angelitos en primera línea.” M.B.
Apuntes del autor y extractos de “Monseñor Fagnano y la
Primera Banda de Música. Raúl A.Entraigas.1945.



“Está en vísperas de
llegar al puerto de Buenos Aires un lote de veinte y tanto
pollas que huyendo de la miseria que reina en las islas
Canarias, solicitaron ser admitidas en el Carmen del Sur, pedido
que les fue concedido. Después de tantas plagas era lo único que
nos faltaba…”
El Pueblo.
1890
Calenturientos
defensores acuñando cátedra del rebenque y la palmeta escrita,
el periódico El Pueblo prefijando desde la eternidad anterior al
tiempo, su cruzada verborrágica contra el pecado florideando
extranjeras, lanzó sonada alarma sobre una nueva e inminente
invasión de pollas a tierras maragatas.
Corría el año 1890 y la insinuante importación profanando el
pueblo de sus virtudes rubicundas, emergía como fardo pecaminoso
que las autoridades porteñas, tiraban a puntapiés al puerto
sureño.
Ni aún la ociosidad dominical siempre ajena de temas
vocacionales, poco pudo disimular el asunto que crecía como
gastralgia ardorosa .Veinte sórdidas y procaces exhibiendo sus
turgencias restallantes de inmoralidad, serían pronto estampas
de una caótica sucesión abrazando turbia notoriedad, alimentando
antros e inmundos bodegones; peligro para mentes jóvenes que
pronto las desnudarían con ojos hambrientos de mediocre
ambición.
“Sigan alimentando la chusma grosera” se despachaba el combativo
periódico en primera página, desmadejando vicios que golpeaban
la acrisolada tradición del Carmen.
Aún así un puñado de “ociosos degenerados” defendiendo la
proteica mercadería a las puertas, castigaba a silbidos las ya
marchitas viciosas como especulación bursátil, desplomando
acciones de las veteranas vigentes, invitándolas a desaparecer
en la lontananza de la campaña.
Como en vísperas de una espantosa Babilonia, los venerables
catedráticos de la prensa masticando verdades supremas, supieron
reunir unos cuantos vecinos en el inmenso salón al aire libre
tinglado de cielo de la plazoleta principal, buscando un
profundo rechazo fatalista por las siniestras visitas.
Las semanas se sucedieron y a las diarias mutaciones en el ánimo
del pueblo, con apenas algunos presentes en apostura mosquetera,
la cruzada quedaría como pintura intrascendente tamizada por el
olvido.
Una tarde con impresión de utilería, llegó el envío entre
adminículos de fealdad y abundamiento. A la ceremonia del
reparto en los fondines, el vecindario próximo les otorgó un
gesto rutinario y la pizca de frivolidad de las “ polluelas”
apenas rozó las voces broncas. El paquete parecía una comparsa
mordida de total decadencia.
Y así el tiempo como saeta enfriando la turba noticia, siguió
transcurriendo mientras los pensantes habituales siempre
dispuestos a decretar discusiones, siguieron a su manera
arremetiendo sobre los males metafísicos.
Anotando en los diálogos, la destreza del famoso transformista
Frégoli haciendo suspirar el cosmopolita aliento en la lejana
Buenos Aires, la utopía del voto libre, la probidad política y
las pedrerías de alguna joven elegante a tiro, turbada por el
fresco aliento del viento en el umbral de la tarde.
Un poco mas allá, algunos curiosos adocenados pugnaban por
recibir un par de argollas apuntando al cuello de las botellas
alineadas del españolito José, un extremeño que en el correr de
los años con algunas protestas y obsesión desesperada, casó a
Lorenza, una “canaria” de aquél montón, triste musa
pintarrajeada en los andares juveniles hecho añicos,
sobreviviente de la veintena invasora en el minestrón de la
vida. M.B. |




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