Narradores espontáneos entreabriendo una caudalosa multiplicidad de observaciones con estimable estilo, aportaron a la alquimia de la literatura nacional, copiosos relatos de frontera asociando actitudes contadas y visión de presencia.
La Expedición del Desierto como ambiente de acción íntimamente militar, es descripta individualizando la coexistencia de la soldadesca, cincelando costumbres y mentalidades; emergiendo reales en el ámbito salvaje como una “mole de sombras” asomando inquietas a través del dominio del indio.
Trascienden del índice de relatores de campaña, los nombres de Manuel Prado y Guillermo Pechman, ambos oficiales del ejército y peregrinos protagonistas de testimonios y crónicas breves, amplificadas por toques autobiográficos.
Resonando el vivir corriente de la soldadesca y la cuenta descriptiva del paisaje inquieto, atraparon al lector de entonces imprimiendo como autores, importancia formal y trascendencia.
Ocupantes de una época en la literatura memorialista, sin ser hombres de letras en un género en lo mejor de sí mismo, con buena cosecha de talento junto a otros de este movimiento (Daza, Ramayón, Mansilla y Espinosa), aún siguen reorientándonos con rudas franquezas aquellos días de campaña, entre el sable y la pluma.  M.B.

 

 

 

 

Rodeado de libros de historia sacando de la médula escrita el conocimiento perseguido, el oficial Daza vivió austero e íntimo, retirado de la vida militar. Con modesto traje solía pasear por la porteña avenida de Mayo, alejado del pasado guerrero en los campos de Puán y Pigué, laguna del Carancho y Arroyo Pescado, la Línea del Río Negro y los Andes.
De la memoria y las acciones vividas, decenas de apuntes dieron forma a relatos casi autobiográficos, aportando en sucesivos artículos periodísticos a veces fragmentados, anecdóticos y nostálgicos, la vida de frontera, la curiosidad extraña del sur y la bravía turbadora indiada al acecho.
Estos trazados literarios breves en tiempo, pero alentados por un público lector genuinamente interesado, serían la característica de una literatura argentina impulsando a los escritores de campaña con su personal inspiración y temperamento.
Al igual que Manuel Prado y Guillermo Pechman, José Silvano Daza (1849-1919) supo retratar la vida  militar de los fortines y avanzadas; las fuerzas expedicionarias de Roca y Villegas, con estilo claro y conciso, libre de literatura intelectual y elegante, pero con la honradez de la experiencia absorbida en la acción, que impresiona por los hechos y el carácter de los personajes reales convividos.
Los escritos minuciosamente compilados por el autor, acumulando apuntes para futuras obras, dieron forma en 1906, al libro Episodios Militares, en una edición corta pero exitosa, con buena aceptación de crítica.
Del mismo, extractamos un elocuente relato, variado y cautivante en la lejanía de las sureñas tierras de Lihuel Calel, entre expresiones que caracterizan su estilo, abriendo paso a una minuta casi etnográfica de una mujer india, novia y joven, delicada como una “doncella del bosque” apenadas iluminada por el amanecer…  M.B.

 

 

“El teatro de los acontecimientos se inicia en el atardecer del 6 de noviembre de 1878, en donde toda la fuerza que acampaba en Tarú Lauquén ensilló a la sordina con las mayores precauciones y sigilo, poniéndose en marcha en dirección a Lihuel Calel con caballo de tiro, sables trabados y con la orden de no permitir fumar.
Lihuel Calel es un cerro aislado a 800 metros sobre el nivel del mar, surge en medio del monte áspero y achaparrado entreverado con algarrobos y chañares. Tiene dos ricas vertientes de agua potable; una corre al norte pocas cuadras y la otra al sud, menos abundante.
Silencio profundo reinaba en toda la columna y sólo se sentía el temblor de las pisadas de los caballos que el suelo nos hacía oír y así continuamos toda la noche, dando limitado descanso a los soldados y hacienda. Los milicos secretamente se pasaban la voz de: “Muchachos, parece que vamos a tocar diana en las tolderías y después del baile comeremos carne con cuero”…
Antes de aclarar el día nos encontrábamos a tres leguas del cerro y con la orden de ensillar reservas, iniciamos marcha forzada tomando las disposiciones para ejecutar un movimiento envolvente por escuadrones y regimientos, a fin de que no se escapara ningún indio y cuyo punto de reunión señalóse en el cerro Lihuel Calel.
El astuto enemigo no se había descuidado, nos habían sentido descubriéndonos al amanecer llevando la alarma a otras tribus.  Namuncurá, su mujer principal y demás miembros, tuvieron tiempo de tomar algunos caballos y emprender la fuga en dirección al sudoeste organizados por grupos y al escape.
Se ejecutó el avance y ataque general con precisión táctica, donde se capturaron más de 600 indios de lanza y chusma y un buen número de hacienda. Se rescataron varias familias cautivas, las cuáles habían soportado toda clase de sufrimientos.
Entristecía el alma, oír los relatos que hacían de la vida entre la indiada durante mucho tiempo.
La marcha continuó al trote y al galope, siguiendo la rastrillada de los que habían huído. Luego de cuatro leguas en dirección al arroyo Cura Có, alcanzamos a 50 indios que cubrían la retaguardia de las tribus que se retiraban rápidamente. Con tenaz persecución llegamos más allá del arroyo y tomamos 46 indios de lanza y familias, junto a un poco de hacienda que arreaban. Acampados nos llamó nuestro jefe y nos dijo: “Desde acá al río Colorado hay 18 leguas por mal camino y travesía, y tal vez allí alcancemos al resto ¿Cómo estamos de movilidad ? … Contestamos que llegar podríamos, volver no, sin descanso a la caballada y enferma se haría difícil.
Recibí la orden de entregar al teniente O´ Donnell, las familias, e indios prisioneros y cumplida la misión le dije al teniente: “En este grupo debe haber varias novias, a la vista son muy conocidas, tienen la cara pintada de colorado, verde y amarillo. Me permite sacar dos, para hacerles algunas averiguaciones con mi intérprete”.
Mi lenguaraz el alférez Ferreira, el cuál había estado veinte años cautivo entre los indios, eligió dos de las pintadas entre las jóvenes y que tendrían de 15 a 20 años de edad.
Principió el interrogatorio y una de ellas nos contestó, que su prometido era un guerrero, sobrino de Namuncurá, que ella era parienta del rey de las Pampas e hija del cacique Rumia, chileno y agregado a la tribu.
Nos dijo tener quince lunas de edad; sus líneas fisonómicas eran bien formadas, boca y nariz regular, manos y pies diminutos y fuertes con un color tostado por el sol.
Llevaba un lindo corpiño, especie de corsé con perlas de plata y canutillos de vidrio. Adornaban las muñecas de sus manos y pies cerca de los tobillos, tejidos con canutillos de plata y en las orejas un par de fantásticos aros de oro.
Vestía pollera de lana trabajada por las mismas indias, no usaba enaguas ni camisa. Cubríase con un tapado y mantón igualmente de lana color azul como la pollera, sostenido con un gran prendedor esférico de plata y oro. Conservaba bien asentada su abundante cabellera, ceñido con un hilo a guisa de cinta.
Le significamos a la “doncella del bosque” que sería bien atendida, no carecería de nada, tendría buenos vestidos y abundante alimentación. Si deseaba casarse, novios no le faltarían, pues se había dado orden a los jefes de frontera, que los soldados valientes y buenos servidores que solicitaran contraer matrimonio con las indias redimidas, se les permitiera realizar sus deseos.
De mal talante nos replicó que no se casaría con cristianos, porque eran malos y las obligarían a llevar feos e incómodos vestidos. Que a las indias les gustaba el traje que tenían, el cuál encontraban más elegante y conveniente.
Ya de noche, dimos por terminada la entrevista pero no conseguimos convencerla de la transición que experimentaría, una vez incorporada a la vida civilizada en lugar de nómada llena de privaciones y miserias.
En tono altivo y enérgico replicó que los ladrones eran los cristianos, arrebatando a las familias y haciendas de Namuncurá, aprisionando a los guerreros fieles en sus campos y en sus propias tolderías.
Después de dos días de descanso, la fuerza regresó a Carhué con el botín de chusma que ascendía a más de 600, entre grandes y chicos. Lentamente de etapa en etapa llegamos a la frontera, donde se dió la orden de que cada división ocupara su posición.
Poco a poco en varias remesas, se mandaron a la Capital varios cientos de indios redimidos, los cuales fueron colocados en casas de familia para trabajos domésticos y muchas de ellas se encargaron de su educación.
En uno de los paseos que acostumbro hacer con frecuencia por la ciudad de Buenos Aires, un buen día paseando por la avenida de Mayo, se acercó una elegante señorita vestida a la parisién diciéndome: ¿No me conoce mayor Daza ? Tengo la poca felicidad de no saber quién me habla, le contesté. ¿No se acuerda de Manuelita Rozas Namuncurá, aquélla que tomó usted juntamente con mi madre y dos hermanos en la cordillera, cerca del fuerte San Martín?
Cielo bienhechor, que gran satisfacción tengo de dar a usted un efusivo apretón de manos, le dije. Por cierto comenzamos a conversar, trayendo a la memoria gratos recuerdos.
La que me hablaba era la hija de Namuncurá, y me refirió que uno de los hermanos había muerto después de educarse en el Colegio Militar, con el grado de teniente.
El otro hermano estaba estudiando en Roma para sacerdote, y que pronto recibiría las sagradas órdenes. Me comentó que le parecía un sueño verse en una situación tan próspera y desahogada; que estaba muy agradecida al trato y atenciones que le había dispensado mi ayudante, alférez Manuel Prado, hoy comandante, en aquellos momentos de tribulaciones y pánico que tenía a la fuerza de Línea, cuando ella andaba errante en las escabrosidades de los cerros.”

 

 

 

Extractos.
Episodios Militares y otros Documentos.
Segunda Serie.1906.

Agradecemos la colaboración de Nilda Toledo Guma, por el importante material biográfico de su familiar, el coronel José Silvano Daza, y escritos que hacen a la sustancia introductoria de los Relatos.