MEMORIAS  CRÓNICAS
                 Y DOCUMENTOS
            
     SIGLOS XVIII - XIX
                     
 PATAGONIA

         

                    
                      
                PRESENTACIÓN

                                                

Impuesta a través de los siglos como valiosa prenda de literatura histórica, las crónicas y memoriales surgen en la época áurea de navegantes y viajeros, como insustituible reproducción escrita de aquéllos derroteros y episodios culminantes de viajes y acciones a tierras ignotas, entre calculadas expresiones, paciencia y minuciosidad frente  a un nuevo mundo sin antecedentes.
Catálogo de nombres y contemplaciones ultramarinas, al compás del reconocimiento desbrozando culturas que pululan entre paisajes  henchidos de colores y tamaños, como un  tapiz maravilloso que no existe ni sueña  el viejo mundo.
Los relatos se imponen dominantes como prueba de aquélla promesante América, de tentadores meridianos donde la angustia reboza por tesoros en oro y plata y en la conquista confiada persiguiendo horizontes de conocimiento, “mas vastos que Salamanca toda” ocupan curiosas las mentes de las frondas nobles y los sabios.
Las largas cartas descriptivas listan lagos y ríos descubiertos,  trenzando nombres de santos y mártires por denominación, se levantan asentamientos apurados de melancolía y todo se anota bajo un nuevo sol.
Perspectiva abierta a los heroísmos y conductas determinantes, los diarios y relaciones se colman de sugerencias espirituales, junto al oficio de los clérigos en aquélla desnudez indiana, ligada de manera indisoluble al posterior “dolor de la tierra invadida por extraños”.
Inmenso filón de sucesos y circunstancias históricas, estos innumerables documentos revelan tormentos y estómagos vacíos, enredos y deslumbramientos  junto a destierros, ambiciones y olvidos en las entrañas de los trópicos y la vastedad secreta de las costas australes. El delirio sometido a lo desconocido, descansa en la voluntad de descubrir mas tierras y en la caligrafía de oficio, los cronicones cuentan y braman azoradas  juramentando avanzar hasta el mismo cielo.
A partir del siglo XVI, las maravillas de América o las Crónicas de las Indias aparecen como representantes escritas de una centuria abarcadora de incursiones y conquistas.
“Décadas de Orbe Novo” de Pedro Mártir de Anglería compilando los años 1511 a 1550 se publican en España, el “ Mundus Novus” de Amerigo Vespucci en 1574, “ Relación del Primer Viaje alrededor del Mundo” por Antonio Pigafetta editada en 1522 y “Naufragios y Comentarios” del adelantado Alvar Nuñez Cabeza de Vaca  se imprime en 1542, en una cadena compacta y completa entre tantísimas más; fértiles y anhelantes noticiando las Indias conquistadas y tan extremosa sin fin, que hasta los mismos reyes gritaron “ no dejen pasar sino españoles”.
A hocico del tiempo e infinitos episodios relatados, las crónicas sobrevivieron, empero  en el enclaustre donde apenas llegaban los filos de la luz, las cargas épicas de luchas entre reinos y desventuras de hambrunas y pestes europeas, el deterioro se llevó en andas  tantas páginas desbordadas de aquéllas tramitaciones, campañas y repartimientos a brazo y lanza de los conquistadores.
Pero la historia de la conquista de América en tinta y pliego perduró; aquel horizonte que pulsó la imaginación del gran Almirante abriendo nuevos descubrimientos continuó inmensa e impensable.
Crónicas y cronicones, una fuente inagotable en el azar del  mundo nuevo, en una  tierra firme en donde todo debió ocurrir.  M.B.

 

 

RESEÑA

RELACIÓN QUE HA HECHO EL INDIO PARAGUAY,
NOMBRADO HILARIO TAPARY,
QUE SE QUEDO EN EL PUERTO SAN JULIAN DESDE DONDE SE VINO POR TIERRA A ESTA CIUDAD DE BUENOS AIRES
1755

Escrita por don Domingo Basavilbaso del relato de boca de Hilario Tapary por no saber leer ni escribir.

Tiempos del virreinato y don Domingo Basavilbaso (1709-1775) oriundo de Bilbao, había sentado desde muy joven plaza en Buenos Aires. De profesión armador, rico comerciante, organizador de arreos de hacienda y teniente de Correo Mayor de las Indias (fundador del primer correo fijo en el río de la Plata) con anuencia  de don José de Andonaegui, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos de Su Majestad, Gobernador y Capitán General de las Provincias del Río de la Plata,  fleta el bergantín San Julián (alias la tartana San Antonio) al puerto sur de San Julián para derroteros, búsqueda de pescado y explotación de sal en las costas patagónicas.
Tras la estadía y pronto a regresar, tripulación y trabajadores anotados en el Diario de Viaje de Jorge Barne, (práctico de la costa de Guinea, capitaneando navíos con licencia de su Majestad y la Casa de Contratación a Indias de Cádiz, y a cargo por cuenta de Basavilbaso)  relata qué “reunidos todos y proponiendo que era conveniente se quedase alguna gente para cuidar los animales y demás avíos para el tráfico de la sal, tres de los que se hallaban presentes, se ofrecieron a quedarse de su propia voluntad”.
Y prosigue diciendo “ que uno es nombrado Santiago Blanco, natural de Galicia en el reino de España, otro nombrado Hilario, natural de la provincia de Paraguay y el otro José Combo, natural de las Indias Occidentales y que reflexionando se puede decir, se quedan en esta tierra una de cada parte de las cuatro del mundo. Y que además de los tres nominados, se nos queda un negro de nación Angola, que hace veinte días huyó tierra adentro y no ha vuelto aparecer.
Para resguardo nuestro y de nuestro armador, se dispuso que los tres hiciesen una contrata”.
(12 de marzo de 1753).
De aquéllos asentados, abrazando  soledad y guardianes del patrimonio de Domingo Basavilbaso en los salitrales de cabo Curioso, los memoriales escritos son elocuentes de las penurias que Hilario el indio guaraní, (de sana madurez y muy fornido anotado entre l8 y 20 años de edad),   luego de casi tres años deambulando camino al puerto de Buenos Aires, llego sano y salvo para contarlo todo.
Su resistencia y voluntad no escapan del asombro y algunos escritos sueltos, destacan con menor o mayor detalle el largo periplo “ de Hilario el Paraguay” cruzando ríos y alimentándose como pudo en compañía de sus dos fieles perros “ que a la pérdida de uno se embriagó de congoja,  fatigado de puro dolor”.
Tapary tiene ingenio imbuido en sus avatares nómadas, dibuja callado en la memoria de punta a punta campos y entornos, y en la monotonía jura llegar recorriendo un mapa que aun no existe y camina uniendo una cadena eterna de pasos.
Duro penetra en las soledades,  mareadas de distancias y sin derrota rebosa con la indiada que lo socorre entre señas, anudando apenas un lenguaje con las manos.
Vive con ellos, circula entre grupos que lo alimentan y lo visten, experimenta los guiños de amistad y aun haciéndose cruces, da cuenta del placer de estar con ellos frente a un mundo nuevo que crecía.
De regreso a la virreinal Buenos Aires, cuenta las sensaciones entre los paisajes inéditos que surgen contra el cielo  y otra vez habla de los indios, en un discurso que atrapa descargando costumbres con minuciosidad.
Y así sin pensarlo, sin libros de ciencia, novelas y poesías que lo currículen sabio y sabedor de las acechanzas de las ciencias, se torna pensar con certeza que Hilario vagabundo navegante terrestre, acaricia sin pensarlo por primera vez, el lenguaje de la apenas fluyente etnografía, repartiendo descripciones de la vida aborigen y a instancias directas sin tramitación alguna, se transforma en observador privilegiado, envidia concebible para cuanto docto con animo de estimulo, se jacte presto de “investigador in situ”.
De relación escrita por Domingo Basavilbaso del relato de Tapary poco se recuerda, y de la sustancia narrativa de las contemplaciones casi nada, pero comprensiva disculpa histórica adquiere, entre tantas vicisitudes  desprendidas de tiempos coloniales y otros amaneceres de los pueblos americanos.
Hilario Tapary murió defendiendo las calles de Buenos Aires, en las invasiones inglesas de 1807 herido de bala, muy lejos de aquél trazo débil a tientas conocido, pero inmenso en la cartografía patagónica de la corona española. Sólo por pocos años el fuerte de Floridablanca, a grasa rancia y al filo siempre de removerse, apenas bastó para que 200 pobladores persistieran alimentando penas, velando por algún navío del Plata llegara  con alimentos y pertrechos prometidos. Nobles y leales pero extraños, sobreviviendo a duras penas hasta que por orden del virrey Vértiz, rubricando señudo “que quede el fuerte enteramente destruído y reducido a cenizas para que nadie se aproveche de él”.
Y escarmentando la conciencia, por nuevos asentamientos donde bien vale otro intento  frente a Dios, el fuerte del Carmen se levantaría en 1779 de cara al río Negro, velando el filo de la última frontera con mano firme, entre otros asuntos que dispensan por ahora, otras diferentes
historias.

TEXTO ORIGINAL DE DON DOMINGO BASAVILBASO

“El último día de marzo o primero de abril de 1753, que fue a los l5 o l6 días de haber salido el bergantín nombrado por registro San Julián del puerto de San Julián, en su primer viaje en los cuales hubo frecuentes lluvias, se acercaron a la isla como 200 indios y con la bajamar pasaron al rancho que tenían hecho los tres hombres que se quedaron. Inmediatamente empezaron a tomarse los bastimentos que tenían de bizcochos, yerba y tabaco y deshicieron los barriles de carne salada, tocino y agua para aprovecharse sólo de los arcos de hierro y después se fueron.
Al día siguiente volvieron para llevar lo poco que había quedado, juntamente con la ropa que tenían fuera de su cuerpo; y aunque el dicho Hilario confiesa que no conoció en los indios acción ni inclinación de querer hacer daño a su persona  y bien al contrario, pues los indios le manoseaban a él y a su compañero sin atreverse ni querer quitarle la ropa alguna de la que tenían puesta, con poca reflexión determinó salir de aquél paraje con otro (su compañero) el indio chino llamado José, por miedo que le matasen.
Al que se agregó el gallego nombrado Santiago, y a la primera vista de los indios se fue ocultando y sin decir nada de miedo de ellos, tirándose a escapar por la parte opuesta donde habían avistado a los indios, se fue sin saber lo que se hizo de él.
Viéndose en estas confusiones, se resolvió a salir de aquél paraje con su compañero José y lo hizo por la noche, tomándose el rumbo para venirse a Buenos Aires por la costa del mar. Y por ella vinieron caminando a pie sin ninguna providencia, más que unos avíos de encender fuego, y dos perros pequeños los cuáles solían cazar algunos zorrillos y otros bichos, con que trabajosamente se alimentaban.
Pero lo más penoso era la falta de agua dulce, por lo que a orillas del mar hacían cacimbas, con lo que se humedecían las bocas, pues lo salado de ella les permitía beber muy poco, y seguía mayor daño. Como le sucedió al nombrado José, que por haber bebido algo más se enfermó, de modo que a las tres semanas de haber caminado en esta forma, quedó tan aniquilado que no pudo proseguir por más que le animaba Hilario, siendo la mayor pena su excesiva sed, pues tenía la boca sin la más leve humedad.
El Hilario se detuvo allí dos días por ver si por aquél contorno, encontraba alguna agua dulce para refrescarle, pero no lo pudo conseguir y viendo el mal estado de su compañero y sin poderle remediar, porque no le sucediese otro tanto, determinó dejar a su compañero con bastante sentimiento llorando tan fatal suceso.
Tomó su derrotero con dos perros y a los tres días encontró una laguna pequeña rodeada de porción de guanacos, que habían consumido toda el agua dejando sólo la humedad del lodo y llegó tan fatigado, que se consolaba con poner la boca sobre aquélla humedad, que no obstante le sirvió de algún corto alivio.
Habiéndose acercado un poco más a la orilla del mar, consiguió matar un lobo marino con un palo que llevaba, y luego se bebió la sangre de él que le supo bien, y haciendo fuego se lo comieron entre él y sus perros y el pellejo se lo sacó, en disposición que le pudiese servir para echar agua.
Y siguiendo su camino, a los dos días llegó a donde había un manantial pequeño, en el cuál se refrigeró con los perros; discurriendo poder socorrer a su compañero le pareció inútil, pues le contemplaba ya muerto, por lo que llenó el cuero de lobo de agua, siguiendo su rumbo que regularmente era como media legua distante del mar, manteniéndose de animalitos y bichos que él y sus perros tomaban.
Así fue caminando hasta que encontró un brazo de mar, que se internaba un poco, en donde había una porción de lobos marinos con lo que él y sus perros, saciaron su hambre y sed y de ahí fue siguiendo con la pensión de faltarle el agua, porque toda la que hallaba era salada.
Aunque estaba algo distante del mar y siguiendo varios días sin comer, porque nada se encontraba, uno de los perros corrió una bandada de avestruces y se alejó tanto que se perdió, cuya falta le sirvió de congoja pues le contemplaba como compañero y que por él remediaba algunas veces sus necesidades.
Y por último halló unas matas que tenían una especie de fruta redondita y negra, con lo que se mantenía trabajosamente, y aunque bajaba a la costa a su pesca de lobos marinos, ya no los había.
Pero caminando algún tiempo, encontró un riachuelo de agua dulce que se internaba tierra adentro bastante angosto, pero con mucha corriente y hondo, y a la boca que hacía al mar tenía poco agua. No obstante  no lo pudo vadear y encontrando en sus orillas maderos de sauces secos, que se conocía eran traídos de adentro con la corriente, pudo lograr echar uno de ellos al agua, embarcándose en él con su perro y lo pasó costándole algún trabajo.
A la orilla de este río había algunos sauces pequeños, y habiéndose refrescado siguió su camino. A una semana de haber caminado avistó unas serranías muy altas, ásperas e intransitables desde tierras adentro hasta la orilla del mar, de modo que para salir de su aspereza se bajó a la playa cuya estación le duró dos semanas.
Luego caminaba por el campo, avistaba algunas sierras pequeñas y montes, encontrando también algunos montecitos de un árbol, nombrando chañar, cuyas frutas aunque muy escasas solían templar su hambre, ayudado con su poca pesca y otros bichos del campo que podía lograr.  Pues ninguno se reservaba por inmundo que fuese, porque para él todo lo era comida delicada y gustosa, siendo lo peor y más trabajoso que le faltaba algunas veces, pues asegura que en la estación de su viaje se le pasaban ya los cuatro ya los seis días, sin comer un bocado.

 

                       


Y así al cabo de estas estaciones que no sabe el tiempo que tardó, pues unas veces dice que serán dos meses, otras tres y otras uno, llegó a un río de agua muy dulce, muy caudaloso, que lo halló yendo desviado de la costa como cinco leguas, e ignora la situación hacia la boca del mar, pero asegura que muy grande por ser el río muy ancho y caudaloso.
Apenas se acercó cuando vió venir a dos indios a caballo en sus lanzas, con cuya vista pensó ir a ver la de Dios pero llegándose los indios a él, le cogieron de los brazos. Pero ni uno ni otro se entendían y al fin permitió su fortuna que se acordasen que era de la especie humana. Pues sea por esto o porque lo vieron hecho un esqueleto de flaco y consumido, siendo por naturaleza bien fornido, se condolieron de él y mostrándole lo condujeron un poco más adelante, en donde había como unos 20 toldos de indios con sus familias de mujeres e hijos, y le recogieron  en uno de los toldos.
Le daban de comer avestruz, venado y caballo que son sus manjares y sus cueros para que se tapase y durmiese, por ser la estación muy fría por las heladas. De este modo lo pasaba razonablemente, hasta que logró restablecerse, poniéndose capaz de andar a caballo e ir con ellos a cazar y correr yeguas cimarronas, que ya había algunas.
Y después de algún tiempo, dispusieron pasar el río los indios con las familias y lo ejecutaron a nado en unas pelotas en donde se ponían ellos con sus mujeres e hijos, y dentro ponían los toldos que son de cuero de caballos y con guascas o cuerdas de cuero amarradas de los caballos, con felicidad  pasaron todos a la otra batida y allí volvieron acamparse. Siendo su ejercicio el cazar avestruces, venados y otros bichos para comer, pasándose muchísimo tiempo en jugar, perdiendo  los cueros de caballo que se ganaban los unos a los otros.
No se reconoció que hubiese ningún cacique entre ellos, pues todos igualmente mandaban y tenían sus pendencias y a veces había varias muertes. También solían ausentarse 6 u 8 y después de algún tiempo venían con caballos que, según se reconocía hurtaban de otros indios y algunas veces no venían todos los que fueron, por lo que se comprendía que eran muertos por los enemigos.
Estos solían venir a su campo y también se llevaban caballos, que regularmente sucedía de noche, y de este modo de vivir observó todo el tiempo que estuvo entre los indios, que no puede decir cuanto, pero diré que experimentó mucho frío y mucho calor en varios tiempos y parajes.
Pues después que estuvieron algunos días a orillas de aquél río, se mudaron a otro paraje siempre buscando las aguadas para sí, sus animales y caza con que mantenerse en lagunas o arroyuelos. Nunca volvieron a  encontrar más río y fueron muchas las mudadas que hicieron los indios de sus toldos, pero como se reconocía que se acercaban a la campaña de Buenos Aires y como ninguno de los indios se metía con él para hacerle daño, se mantuvo entre ellos y sólo le preguntaba la distancia que habría hasta la costa del mar.
Unas veces le parecía que estaría a 6 u 8 leguas y otras se dejaba ver desde lo alto de algún cerro.  Por fin llegaron a las cercanías de de estas campañas y el lo reconocía por la abundancia que había de yeguas cimarronas de que se mantenían; y un día se destacaron 12 indios y preguntó por señas que destino llevaban y pudo comprender que venían a las campañas de Buenos Aires.
Les dio a entender que él los quería seguir y no se lo impidieron, y tomando su caballo mancarrón viejo que desde el principio se lo dieron, se enderezó a seguirlos y rezagándose vino la noche y dejó el rumbo tomándole hacia la costa del mar.
Caminando todo aquélla noche y medio día siguiente, se puso en ella y a orillas un pequeño riachuelo con algunos sauces, a su sombra sesteó; y a hora de vísperas vió venir a él un indio a caballo que le dio bastante susto, pero el tal indio era de la gente del cacique que nombran don Nicolás Bravo, quién de paz comunica y comercia con esta ciudad.
Llegó pues el indio adonde estaba nuestro Hilario, haciendo juicio que el caballo era uno que se le había perdido y lo andaba buscando, y habiéndole podido entender un poco porque el indio hablaba en castellano, con mucho gusto lo acarició y le dijo que se viniese con él, que pronto lo pondría en Buenos Aires.
Y tomando su camino, poco después de haber anochecido, se hallaron en una toldería que era la del indio y gente del cacique Bravo, que estaba situado en el paraje que llaman el Zanjón, en donde fue bien recibido, y aquélla noche mataron el caballo de Hilario y fue la cena que tuvieron.
Y no dejó de extrañarlo, pues mal correspondía el recibimiento que le habían hecho y el matarle su caballo. Pero al día siguiente por la mañana le dieron otro caballo muy bueno, y pidió de comer carne de vaca y se la trajeron y lo mismo en los 15 o 20 días que estuvo con ellos.
Estos indios le preguntaban por sus compañeros que se habían quedado en San Julián, pues tenía encargo de Domingo Basavilbaso para recogerlos y conducirlos a Buenos Aires y que algunos de ellos habían estado en su casa, y en ella se les suministraba la yerba, el tabaco y el señor los regalaba por ser amigos, hermanos y de paz.
Después de dicho tiempo dijo Hilario que se quería venir y le dieron otro buen caballo y lo trajeron convoyado de cuatro indios hasta un fuerte, que está en las fronteras de las estancias de esta ciudad, adonde lo entregaron con encargo que le condujesen, como así se ejecutó.
Llegando a esta ciudad el día 6 de enero de este presente año de 1755, en donde se halla con ánimo de volverse a embarcar para el tráfico de sal y descubrimiento de la costa y a pedimento de don Domingo de Basavilbaso, hizo esta declaración en Buenos Aires a 12 de enero de 1755 y no firmó por no saber escribir.
Textual

 

                                             

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