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Fluye el siglo XVIII, y
emerge una imprevista fractura en el ideario intelectual europeo
sobre los sistemas de apreciación de la naturaleza, sensibilizando
el humanismo devoto. Se espera que la belleza natural disponga los
corazones a la contemplación y el “hombre de gusto” apasionado de
experiencias y febril por la taxomanía, persigue un inventario por
los archivos de la tierra. Proliferan los diarios de viajes, la
literatura topográfica e incalculables ilustraciones del paisaje
circundante, en una reconversión cultural con la esperanza del
hallazgo científico o estético.
Descubrir la matriz de la evolución obsesiona, el espacio
inexpresado de la tierra da forma a la geología y el mar polariza la
atención simultánea del sabio y el artista.
Goethe pensador, lo expresa como una “nueva
fascinación”. Se multiplican las experiencias y crecen los
anticuarios entre la multiplicidad de teorías irresistibles de los
estudiosos. Frente a la naturaleza, nace un modelo de apreciación
uniendo la lectura de los enigmas del mundo y la revisión de
la memoria escrita e ilustrativa de los primeros exploradores; se
plantean nuevos viajes a través del gran circuito ignoto del
continente africano, las islas polinesias y la monumental geografía
americana.
Las nuevas estancias científicas, derrumban el imaginario de siglos
anteriores sobre antiguos miedos cosmogónicos entre monstruos
coléricos y tribus fantásticas e incomprensibles aferradas a
horizontes yuxtapuestos, abriendo portales de fuego.
Un tiempo donde se agranda el pensamiento y los naturalistas
encuentran extensiones sin límites con la invencible necesidad de
estudiar, colectar, comparar y responder.
El mundo natural deslumbra a zoólogos y botánicos, la evocación
clásica del pasado merita el auge de historiadores interpretando las
antigüedades helénicas y romanas, los templos egipcios y los pasos
alejandrinos aflorando un sentimiento obsesivo de coleccionista.
La naturaleza se ha convertido en espectáculo, donde el paisaje
inédito se transforma en substancia y el artista viajero y topógrafo
en una interacción de motivos marinos y campestres, hace
perceptibles los escenarios a la vista, explorando la luz
cuidadosamente y en la coronación de los tonos, la fascinación
del lugar queda revelada en la tela como arte documental.


La pedagogía a través de la visión, se aferra en los primeros
momentos del siglo XIX y el recorrido histórico emerge esencial en
la búsqueda de los espacios primigenios; lenguajes y escrituras
desaparecidas, mitos, ritos y leyendas.
Los viajeros impertérritos a las distancias, organizan en
profundidad un recorrido por las culturas del pasado. Tendidos entre
ruinas antiquísimas sueñan junto a un paraíso íntimo, protegidos por
la soledad y de las entrañas brotan los objetos contenidos por los
siglos, fijando su propia universalidad. Con furor abren sendas
descubriendo lagos interiores y ríos de orígenes desconocidos
experimentando sensaciones y conocimientos; la curiosidad confluye
en centenares de anotaciones y enumeraciones de lugares y cosas.
Dibujando a lápiz vestigios de confusos tiempos antiguos,
bosquejando pueblos recortados por selvas y mares de arena, en
definitiva procesando la apreciación estética romántica.
Las exploraciones a través del inquieto siglo XIX, se convierten en
un ámbito de sabiduría y el artista viajero impone una historia
sensible, real y viva en sus obras, orientados a la magnificencia
del paisaje apenas desbrozado.
Instaura el conocimiento de acciones cotidianas, los comportamientos
domésticos y la sociabilidad popular, donde la confluencia de
imágenes entre lo temporal y espacial conmueve abrazando
espontaneidad y lo desmesurado de la fantasía desaparece.
Del concepto clásico espiritado y anheloso, las nuevas alternativas
del arte se asientan libres, trazando la esencia de las costumbres
autóctonas en la inmensidad del paisaje fecundo, en un notable
ejemplario de escenarios remotos, remediando la ignorancia europea
por estos confines, abriendo versiones del mundo americanista,
afirmando su fuerza y belleza a través de la autenticidad decisiva y
celebrante del romántico artista.
Un ciclo que en décadas posteriores cerraría definitivamente,
influido por los tiempos diferenciadores acortadas las distancias
entre los hombres y la naturaleza agotada de ser un orden quieto y
puro.


De aquellos artistas europeos, recorriendo las nuevas fronteras en
imágenes testimoniando en el dibujo la pasión americana, emergen con
mayor belleza artística, Jean Baptiste Debret, Thomas Ender y Johann
Moritz Rugendas, hurgando la radiante flora del trópico sorprendidos
por los colores desbordantes, las mesetas ilímites de la silenciosa
patagonia y los valles andinos animados por el fuego del sol en los
atardeceres.
Con la misma amplitud, Conrad Martens apunta sus bocetos australes y
José del Pozo encontrando en el retrato, la representación del
hombre autóctono en la inmensa distancia patagónica. Frederick
Catherwood, atrapado por la fascinación del pueblo maya fusionando
ciencia y arte, redescubre antiguos monumentos donde nadie puede
imaginar todo lo nuevo y extraordinario que sus ojos ven, dibujando
con notable precisión, sorprendiendo y precipitando los primeros
estudios de esta particular civilización mesoamericana.
De todos ellos, catalogamos una pequeñísima muestra reveladora de
la incontable obra documentalista de este período, descubriendo en
la expresión de la pintura, la floresta mágica del continente, el
tiempo pasado de los pueblos entre recónditas comarcas junto a un
remolino de costumbres, la arquitectura instaurada en ciudadelas y
latifundios, indios y criollos junto al paisaje dominador. En
definitiva, el segundo descubrimiento de América a través del
proceso del arte, en la curiosa mirada del artista viajero.

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Si bien el holandés Frans
Jansz Post no integra el movimiento y momento pictórico de
referencia en esta presentación, un muestrario de su obra es
imprescindible, siendo el primer europeo en difundir el paisaje del
Brasil a través de cautivantes pinturas; con el característico
estilo tonal de la escuela holandesa y la inclinación propia de sus
representaciones enciclopédicas, minuciosas, albergando el
paisajismo.
Post llega a las costas del Brasil en 1636, integrando el grupo del
gobernador de las Indias Occidentales conde Johann Moritz von
Nassau-Siegen, en el avance de Holanda a Sudamérica, formando una
fuerte presencia colonial en la región de Pernambuco y sede en
Recife.
El dominio de Holanda como potencia comercial en los países europeos
se manifiesta, y el envío de naturalistas, científicos e
ilustradores completan el proyecto de von Nassau-Siegen gobernador
de la Compañía de las Indias Occidentales, para constituir un
enclave importante en ese territorio del Brasil; construcciones
defensivas, edificios administrativos y escuelas de ciencias y
artes. La producción azucarera, el control del mercado y la ruta de
esclavos desde el África junto a la expansión territorial en
estas tierras, albergando y ejecutando un repositorio de ideas y
acciones multiculturales, son parte de la ilusión de Nassau.
Frans Post cumple su oficio artístico y pinta por primera vez los
paisajes serenos entre fincas rodeadas de cultivos, ríos y la flora
circundante bajo un cielo expansivo fundamental.
La isla de Itamaracá, río Señor de Engenho, paisajes de Olinda,
porto Calvo, la iglesia de los santos Cosme y Damián, conforman
parte de su importante producción entre 1637 y 1644.


De regreso al Viejo Mundo,
completa parte de su obra con los retratos fieles obtenidos,
despertando gran interés por sus imágenes exóticas en la curiosidad
del observador europeo, donde surgen encargues para completar libros
de viajes a través de sus ilustraciones.
El aporte de Post, naturalista como todos los holandeses, es un
legado único que supera el tiempo con vigencia documental,
permitiendo transitar los senderos de un Brasil antiguo de imágenes,
entre rincones abrazando la magia de interminables contrastes,
en una eclosión de panoramas simplemente únicos de naturaleza
exuberante.









Otro holandés incorporado al
proyecto del Gobernador von Nassau-Singen en Brasil, fue Albert
Eckhout. En busca del paraíso salvaje, recorre ríos y
afluentes no como paisajista (responsabilidad de Frans Post por
encargo y derecho) sino a través de la etnopintura con modelos
nativos plasmando costumbres y tipismos. Con naturaleza innovadora y
dimensiones reales (sus retratos medían hasta dos metros de altura)
retrata diversas mujeres Tupí y Tapujas en pose, con sus crianzas y
en acciones determinadas. El detalle salta a la vista y aún en el
aspecto estático y solitario del personaje, la fuerza es integradora
en el recurso expresivo y la profundidad una mera estancia, en un
ejercicio de composición y curiosidad plena para el observador.
Absorto por la fauna y los frutos de la selva, pinta diversas
naturalezas muertas; innovadoras en tecnicismos, minuciosidad y
evidente preocupación por la luz.
En 1678, el conde Nassau obsequia al rey Luis XIV de Francia, ocho
originales de Eckhout que utiliza posteriormente la compañía de
Manufactura de Gobelinos, para la famosa serie Anciennes Indes.









Nacido en Inglaterra, el
redescubridor de la imponente arquitectura maya visitó México y
América Central por invitación del viajero, amigo e historiador
estadounidense, John Lloyd Stephens entre 1839 y 1844.
Catherwood, arquitecto y artista topógrafo, contaba con ganada
reputación y prolifera carrera documentado sitios arqueológicos
cartagineses, fenicios y egipcios anexando una serie de viajes al
Medio Oriente, Grecia y Turquía.
Organizado el núcleo expedicionario parten juntos en 1839,
internándose en la selva centroamericana en búsqueda de
antiguos asentamientos mayas, en un largo periplo con las
dificultades que la extensa región representa.
Stephens, cronicando la marcha y observaciones en relación al
entorno histórico y Catherwood dibujando las impresionantes ruinas
que emergen y descubren en el denso follaje, cubiertas por el sueño
de los siglos.
Permanecen en región hasta 1840, y de aquel sorprendente itinerario
publican “Incidents of Travel in Central América, Chiapas and
Yucatán” describiendo una pormenorizada relación del viaje y la
descripción de decenas de ruinas con ilustraciones del propio
Frederick Catherwood.


Regresan en 1843 y se internan en el Yucatán relevando las ruinas de
Labana, Sayil y Chichen Itza y ese mismo año publican el
exitoso “Incidents of travel in Yucatán” y posteriormente Catherwood
presenta su libro “Views of ancients monuments in Central América”
incorporando 25 litografías de las acuarelas que pintara
minuciosamente en tierras mayas.
Stephens y Catherwood nunca volverían a reencontrarse con el vasto y
exuberante paisaje mágico de América Central, sus selvas y su gente,
donde iniciaron el gran punto de partida para venideros
investigadores abriendo la puerta al entendimiento y estudio de la
civilización maya. Ambos en unidad intelectual promovieron el
desarrollo de la “ciencia-arte”, particularmente con los
extraordinarios dibujos que Catherwood minucioso y detallista
describe en imágenes, las impresionantes construcciones de una de
las más notables civilizaciones en el vasto horizonte cultural del
mundo. Tal el grado de perfección de los trabajos del artista, que
en la etapa de reconstrucción de las inmensas ruinas muchos años
después, se utilizaron como indiscutible registro.
Sin el aporte de Frederick Catherwood, sería imposible imaginar idea
y tamaño de la monumental naturaleza de las obras mayas para los
estudiosos de su tiempo, que ignoraban la existencia y apariencia de
aquéllos irrepetibles vestigios. Un mundo que dejaría absortos a la
comunidad científica de la época y el inicio de innumerables
teorías.
Verdaderas piezas de arte, el catálogo pictórico de Catherwood
transita en los anales de la arqueología descriptiva americana,
siendo una pieza fundamental para la observación de las
peculiaridades de ese inmenso horizonte cultural poderoso y bello,
redescubierto por ambos.











El artista y diseñador
francés Jean Baptiste Debret, zarpó del puerto del Havre con destino
a Río de Janeiro en 1816, junto a otros miembros de la Misión
Artística Francesa dirigidos por el profesor Joachin Lebreton,
para crear la Escuela Real de Artes y Oficios del Brasil, con los
auspicios y beneplácito del regente Joao VI.
Designado maestro de pintura y técnica, Debret en la sucesión de los
años se relaciona con la corte imperial brasileña, retratando nobles
y personajes, escenas hogareñas de importantes miembros y
acontecimientos en tiempos del emperador Pedro I.
En 1829, organiza la primera Exposición de Artes del Brasil,
afirmando su prestigio personal y profesional en la novel
administración cultural, a través de la artesanía y la pintura.
Regresa a Paris en 1831, y es nombrado miembro de la Academia de
Bellas Artes donde conlleva también la preparación durante cinco
años su libro “Voyage et Historique au Brésil, ou séjour d ’un
artiste francais au Brésil”, monumental compilación en tres
volúmenes, de su prolongada permanencia en tierras del Brasil y las
obras pictóricas que materializó, acompañándolas con excelentes
textos explicativos y minucioso racconto de las escenas y
particularidades en el tropicalísimo paisaje.
Jean Baptiste Debret abarca en su extensa e importante producción,
todos los aspectos de la sociedad brasileña, conviviendo
circunstancialmente junto al desarrollo de la creación del Brasil
independiente, meritando una pintura íntegramente costumbrista.
De formación neoclásica, inmerso en la exuberante floresta donde es
casi imposible ejercitar un formal y pre establecido método captando
el sentido colonial en tiempos posteriores al Primer Imperio, junto
a la simbología de la exuberante corte; se aleja del clasicismo
“apartado frente a la diversidad de colores, contrastes y luz
formidable de calles, pueblos de blanco y el movimientos de su
gente”.
“Damas de honra, Ceremonia de consagración de Pedro I, Teatro Real
de la Corte” son apenas parte de su extenso catalogo imperial, en
aquélla tan particular vigencia multicultural luso-franco-brasilera.
Cautivado por lo pintoresco, ligándolo a una “ideología de la
precisión y la habilidad” como él mismo lo definiera, se destacan
decenas de motivos cotidianos a pleno sol: “Niña va a la escuela,
Marimba y desfile dominical, Tropeiros, Campeiros de río Grande do
Sul”, obras luminosas y espontáneas con la particular sensibilidad
del maestro Jean Baptiste Debret, contribuyendo a la construcción
del arte del Brasil.







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La obra del alemán
Johan Moritz Rugendas en su notable “Voyage Pittoresque dans le
Brésil”implica un compromiso sensual de coloridas ciudadelas, sus
habitantes y el comportamiento festivo como lo demuestra en la
“Danza de la Capoeira”. Cautivantes los entornos rurales y
costumbristas donde resalta detallista, el juego de “La Topeadura”
de los huasos chilenos, con fuerza y movimiento singulares que
incluye en su gran carpeta de ilustraciones prodiga en
centenares de pinturas. Las comarcas costeras mexicanas, los patios
de la vecindad, escenas en el río de la Plata, insinuando apenas un
barroquismo goyesco y tantísimas otras, encarpetando una visión
única sobre Sudamérica, en sus dos largos inspiradores viajes.
Rugendas viaja al Brasil en 1821, con la expedición científica de la
Academia de Ciencias de Rusia, patrocinada por el zar Alejandro I y
al mando del aristócrata y naturalista germano Georg Heinrich
von Langsdorff; recorriendo el Mato Grosso, Pernambuco, Bahía y Río
de Janeiro.
Participa en un extenso periplo al gigante del Amazonas y al regreso
de muy accidentada incursión, entre enfermedades, calendario de
impresionantes lluvias y logística inadecuada, renuncia a la
comisión permaneciendo itinerante hasta 1825, visitando poblaciones
cautivado por los colores que vuelca en obras de enorme estética
romántica y una claridad que penetra.
Vuelve a Europa y publica con la colaboración de Víctor Aimé Huber,
el extensoViaje Pintoresco al Brasil, enlistando más de 100
ilustraciones. Su conocimiento personal con Alexander von Humboldt,
sirve de inigualable ayuda para su regreso materializando el
proyecto de documentar, la vida y naturaleza latinoamericana.
En 183l se encuentra en Haití, luego México, Argentina, Uruguay,
Chile, Bolivia y Perú permaneciendo hasta 1844 en el continente.















Artista y testigo, José
Antonio del Pozo embarcó el 30 de julio de 1789 en la expedición
científica española de Alessandro Malaspina, el marino de Parma, en
un derrotero alrededor del mundo por cinco años.
Se agregan a la lista los dibujantes Juan Ravenet, José Cardero y el
milanés Fernando Brambilla y los naturalistas Antonio Pineda y Luis
Née.
Ancladas las dos corbetas expedicionarias frente a Puerto Deseado,
del Pozo logra la primera pintura a color en territorio argentino,
una panorámica patagónica del fondeadero con luminoso fondo del
austero paisaje.
Del encuentro en las cercanías del Deseado con los habitantes
naturales, el artista aprovecha la amigable circunstancia y esboza
rápidamente algunos retratos fieles a las características de los
modelos que “lo aceptaron con placentera comodidad”.
Nuevos elementos se presentan al artista y perpetua el escenario
austral, fragmentando escenarios de notable impacto.
Ya en las costas chilenas y en el andar por el territorio dibuja a
los huiliches y al cacique Catiguala en Chiloé, con pelo sujeto a
una cinta y collar a modo de vistosa gargantilla al cuello.
Recibidas gustosamente por su estilo en el mundo intelectual
español, pesaría la discrepancia de algunos pocos de “cierta
excentricidad” en aquél importante catálogo de dibujos patagónicos.
Con reflexión demandada en posteriores décadas, las ilustraciones de
José Antonio del Pozo, se instalan por siempre entre las
singularidades observadas de aquél memorable viaje de Malaspina.



En 1833, Conrad Martens por
invitación del comandante del navío británico Hyancinth se embarca
en los muelles de Plymouth con proa a la India y en breve escala en
el puerto de Río de Janeiro, se noticia que el bergantín Beagle,
nave insignia de la Expedición Científica Inglesa a Sudamérica,
capitaneada por el oficial de marina Robert Fitz Roy, fondea en
Montevideo y requiere de un artista y topógrafo.
Martens es aceptado y el 6 de diciembre la partida continúa a las
costas patagónicas, seguido por el pequeño navío de salvamento y
provisiones Adventure. Por largos meses el Beagle ya recorría las
costas sudamericanas, realizando estudios científicos diversos y a
bordo como naturalista, el gentil y joven Charles Darwin completaba
el nutrido grupo de expertos.
Martens produce una serie de dibujos a lápiz y acuarelas,
acercándose al paisaje entre derroteros pedestres, muchas veces
acompañado por Darwin, incansable, observador y estudioso.
Puerto Deseado, trasciende como imagen bucólica apenas matizado con
suaves toques de colores cruzados, aún en su concepción de bosquejo
y en la experiencia geográfica ilustra ríos con escasísimas
variantes, apenas el correr del grafito entre líneas y contornos.
En Tierra del Fuego, se arriesga artísticamente y la naturaleza
emerge soberana con el Beagle fondeado como un contrapunto reverente
en la totalidad del paisaje, donde el movimiento apenas lo otorga
una canoa indígena, como inclusión de encuentro. Tal vez su “oeuvre”
más romántica del inventario del artista, en su concepción
naturalista y viajera por la Patagonia.
Por circunstancias económicas, el Adventure suspende el
acompañamiento y Martens ya no cuenta con espacio en la travesía y
se despide del entusiasta grupo en Chile. Recorre algunos puntos de
interés pintando y conociendo aspectos de la vida en Valparaíso.
En 1834, se embarca a Tahití y Moorea en el Pacífico, prosigue a
Nueva Zelanda y continúa a Sydney iniciando una prolífica carrera
artística, retratando el panorama natural australiano y su
consagración definitiva, exhibiendo en la Exposición Universal de
París en 1855.
Conrad Martens al igual que Johan Moritz Rugendas, Jean Baptiste
Debret, Thomas Ender y otros, fijaron un refugio de imágenes
notables, afirmando una colorida celebración de la belleza con
limpia y genuina felicidad, armonizando vocación y enorme
curiosidad. Proyectando una visión serena y estimulante del mundo,
en recuentos emotivos de creatividad plástica, junto a los
sentimientos entrañados de otros viajeros y artistas, que
recorrieron la fértil Sudamérica del siglo XIX.
M.B.










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