Cuando Hernando de Magallanes en 1520, puso pié en el puerto natural de San Julián, y con buen oficio de navegante echó descanso por seis meses para reparar las naves y sus hombres coman cosa alguna más fresca recogidas en tierra”, cuenta Antonio Pigafetta cronista de la expedición, “un hombre de figura gigante se apareció ante nosotros, casi desnudo cantando y danzando al mismo tiempo”.
 El portugués Magallanes, los bautizaría “patones” por el tamaño de las huellas de sus pies envueltos en piel de guanaco y el idioma haría el resto, transformando la palabra en “patagones” y por extensión, la inmensa región desde las montañas al mar se conocería historicamente como Patagonia.
La cartografía de la época armada por partes, uniendo pruebas y testimonios de  lejanos suelos y en particular uno de los dibujados en Sevilla en 1527, por el cosmógrafo Diego Ribero, se lee “los que habitan aquí, donde halló estrecho Hernando de Magallanes, son hombres de grandes cuerpos”.
Gigantum Regio -región de los gigantes- como llamó a las frías tierras australes el cartógrafo italiano Bautista Agnese en 1553, aparece en la cuidada ornamentación del pliego, el dibujo de un indio alto y un hombre mas pequeño a su lado “ que apenas al codo llega con pretendido esfuerzo”.
Se inicia la iconografía indígena noticiando  a través del grabado, las poblaciones naturales agregando los artistas sus propias fantasías, especulando misterios y temores ultramarinos liberados por el fuego, como diría  fray Pedro de Córdoba, “de cuya mano tengo escrito todo esto, y lo platicamos muchas veces, con otras cosas que callo”.
A diestra y siniestra de la nueva tierra firme, el dibujo interviene brotado por la imaginación de los cronistas en sus largos memoriales, que el dibujante considera a extremos entre trazos que no guardan tanta verdad, volcando ceremonias pavorosas o mundanas costumbres  frente al conquistador, donde aparecen purificados de cuerpo entero  por la Santa Madre Iglesia, esperando de la crianza alguna virtud cristiana.
En las cartas iconográficas de la terra australis, representación ultramarina de la América extrema, los siglos ensanchando conocimientos contribuyeron a las impresiones pintadas  que hoy recorremos, donde se vuelcan entre llanadas pardas y en las faldas de los profundos valles, una profusión de imágenes en lápiz y pincel de indios, toldos y acciones domésticas.
Puesto el sol del imperio en el novo mundi, las expediciones se dieron la mano imponiendo su propia civilización, frente a torsos  desnudos emitiendo señas y voces ininteligibles “ pero no tendrán que quejarse, les daremos  lengua, una religión y candelas de noche,” mientras se bautizan a espada y rosario y que “ Dios misericordioso imponga el resto”.
Ya me voy haciendo un poco cristiano, Señor, exclamaron los indios con el tiempo impresionados por sermones de prédica y el santo nombre de María en los oídos. Con nuevos nombres fijados en agua bendita, muchas mujeres indianas “ pedían llamarse como la madre de Jesús”, arropadas por un sonido profuso de significación, en boca de los padres de la conquista.
Dibujos adornados entre sartales de flores, trazaron los rasgos indígenas, descalzos y bebidos por el viento en la planicie hinchada de distancias, donde la cruz del sur tiene el precio de guiar sin perder el cuerpo del errante.
Y así a punta de lengua aprendiendo nuevas cosas, las ilustraciones sembladas en la tierra sur americana, fueron mecha de conocimiento y existencia de otros pueblos, que en todas partes mortificados en una misma tira fueron llamados indios, sean patagones, araucanos o tehuelches, “en este recuento a Vuestras Mercedes, andando en estas conquistas”.