
Anotamos a través de la imagen,
una compendiada historia visual de los pueblos originarios patagónicos
revelando apenas algunos aspectos fisonómicos tras la transferencia de
sus vertientes y raíces a partir del registro y acciones de las campañas
militares y el avance colonizador enfrentándolos a una realidad diferente
y el nuevo orden, atrapando definitivamente el corazón del pasado nativo.
Sobre aquel destino triste y convulsionante, se ha escrito valioso
material de singular interés describiendo este complejo período en la
historia argentina, entre los signos superpuestos de un país con sus
noveles y europeizantes flujos constitutivos; factores culturales y las
inmediatas aspiraciones de ideas sociales y económicas, que se
manifestaron a partir de 1885.


Las primeras fotografías
documentando las poblaciones indígenas en las extensas proporciones del
territorio patagónico, emergen en la circunstancialidad del retratista
acompañando las filas del ejército en la Expedición del Desierto, que
encolumnó el general Julio Argentino Roca a partir de 1879, hasta las
riberas del río Negro.
Antonio Pozzo, el fotógrafo de la campaña enlista unas pocas, más anexadas
a detallar la marcha de la tropa y la visión a imponer en la historia y el
pensamiento geopolítico que ilustran esos años en el país. Rendidos
algunos capitanejos y la esfinge muda y velada del indio disgregado y
rendido, compendia escenas de bautismos colectivos abrazando cristiandad y
grupos en pose.
Algunos caciques luciendo uniformes del ejército junto a hijos púberes y
mujeres ancianas, ilustran apenas un apacible entendimiento como pisadas
estampadas en la arena empujados para no regresar.


Carlos Encina y
Edgardo Moreno, miembros de la Comisión Exploradora y Relevamiento del
Territorio Neuquino, fotografían en 1882 junto a las tropas
expedicionarias diversos asentamientos militares; resaltan fortines y las
rancherías emergentes, junto a los campamentos de la soldadesca. Fuerte
Roca, Ñorquín, Codihue y Hualcupen listando algunos, son un fragmento del
centenar de imágenes que se entremezclan con páramos y valles entre el
cielo y la tierra del norte patagónico.
Varias son las fotografías de indígenas y la rendición del cacique Reuque
Cura en mayo de 1882, donde no escapa de la exaltación inmoderada de la
partida conquistadora, preanunciando el retrato en su instancia
preparatoria, agrupando en fila al grupo, solitario y derrotado,
acentuando su final en una imagen que aún muestra una enorme melancolía.
El cacique Villamain y sus indios
de pelea retratados, revelan la misma disposición frente al fotógrafo,
donde todo esta disipado en el recóndito escenario. Al recuerdo desolado,
las composiciones enmarcan una serie de cementerios nativos estrechando
curiosidad entre pasturas y un conmovedor paisaje. A estas visiones
desvanecidas y entristecidas en un tiempo que supo mirar y pasar, otras
fotografías se obtuvieron en estudios en la cosmopolita Buenos Aires.
Caciques posando con esfuerzo visible y lanzas oportunas cedidas por
museos, donde el resultado rápidamente fue impreso en libros sobres
estudios autóctonos, conformando la incipiente bibliografía vernácula
etnográfica.La modalidad de la época permite decenas de retratos indígenas en
postales, que pronto se popularizan y llegan al viejo mundo con
predilección exótica por las variadas geografías australes y la expresión
física de sus pueblos originarios, montadas en artificiosos estudios con
telones de fondo.
En el devenir de los años,
misiones cristianas asientan su verbo religioso, viajeros y la corriente
inmigratoria en la territorialidad patagónica en contacto con las
comunidades indígenas, prolongan apenas su memoria fotografiando diversos
y apagados asentamientos, sobreviviendo agobiados por la trágica
exclusión. M.B.

Corría el año 1907 y el
multifacético estudioso estadounidense Charles Wellington Furlong, realiza
una bien preparada expedición antropológica a tierras australes sobre la
vida y costumbres de las poblaciones canoeras: yámanas y alakalufes. Con
metódica inspiración científica, recolecta decenas de artefactos
etnográficos, registra en equipos sonoros voces y cantos autóctonos,
completando el largo y riguroso itinerario con centenares de fotografías,
retratando con relevante equilibrio de composición. De aquél extenso
recorrido incluimos en esta presentación, fotografías y dibujos del propio
Wellington Furlong en su recorrido por la Isla Grande de Tierra del
Fuego, Beagle, Cabo de Hornos, Navarino y otros puntos extremos.
NOTAS En
la competencia cronológica se imponen en la datación, 12.000 años de
presencia de parcialidades poblacionales aborígenes en el territorio
patagónico, y en la transferencia nómada se aglutinan a través del tiempo
los grupos “tehuelches”. Al norte del Chubut hasta el río Limay y Negro,
los (günün-a-künna) y al sur, hasta los extremos del estrecho de
Magallanes, los denominados (aoenikenk) conformado un estado
étnico-cultural de ca.1.300 años.
Su inserción en el territorio los acerca hasta a las planicies pampeanas,
y en el siglo XVI el avance de los “mapuches” trasandinos (desde Chile)
sorteando diversos pasos de los Andes patagónicos, inician el proceso
lento de aculturación en el pueblo tehuelche En el extremo sur los
“canoeros” se desarrollan en tierras fueguinas, conformando los “yaganes y
alakalufes” y los selk´man “onas”.


















