

Las primeras fotografías se
remontan entre 1872 y 1875 y en la afirmación documentada varios
fueron los fotógrafos de ocupación que excursionaron esporádicamente la
comarca. Impuesto por el tiempo y la irremediable pérdida material, poco y
nada se conoce de la identidad y obra de estos primeros retratistas de la
legua.
Adolfo González se enlista pionero en Carmen de Patagones a partir de
1881, estableciendo su oficio en la vieja casa de los Dasso. El cronista
Francisco Pita en su libro “Remembranzas” (1928), nos cuenta que “hacía
unos retratos retocados o iluminados que gustaban mucho a las morenas,
porque disimulaba notablemente el subido color oscuro del cutis”. Y agrega
“con ese motivo tuvo mucho éxito y ganó sin duda mucho dinero,
estableciéndose en otra casa con comodidades y aspecto muy distinto que la
anterior”.
En 1892, los hermanos Voltz, ambos fotógrafos, se radican por un corto
período en Patagones provenientes de Bahia Blanca, abriendo una sucursal
de la firma La Aurora de Domingo Iriart. En un inventario muy fragmentado
aún perduran algunos retratos de familia registrados en esas fechas.
Caron Jones se distingue por las fotografias de colonos afincados en Boca
de la Travesía y Guardia Mitre, recorriendo parajes y establecimientos en
un derroteo de ida y vuelta con su equipo ambulante.
Poco sabemos biográficamente de Basilio Montes, donde el muestrario de su
obra transita en los primeros años del siglo XX en Patagones, a
través de cuidadosos retratos obtenidos en el entorno de un pequeño
estudio.
Rector del equilibrio sin ostentaciones, las fotografías poseen siempre
una concesión serena y complaciente del retratado. Sin la profusión del
resto, su inspiración se distingue sustraído al detalle y la meditada
proyección de la luz.
Resaltan los retratos de madres e hijas y aquellas hermanas de modestia
ingénita con manojo de flores de papel en mano, colmando un instante
notable de frescura adolescente.
Complaciendo una clientela numerosa en busca del recuerdo fotográfico,
Alberto Lanfranchini se destaca obteniendo expresiones amables y
distendidas, remitiendo al proteico conjunto familiar a un encuentro entre
formas y edades. Su obra merita la observación, entre imágenes aún bien
preservadas de colecciones familiares en existencia.
El pueblo maragato fue prerrogativa en el encuadre de Ubaldo Bentivoglio,
sacando vistas instantáneas del puerto, el desembarcadero y las viejas
casas de fachadas impasibles. Vecinos y amigos visitaron su negocio con
aire de entusiasmo por una favorecida imagen que conservarían
curiosa y original, siempre atendidos en el estudio La Favorita, donde
asentó prestigio en la calle Bynon.
El periódico La Gaceta, lo convocaría para fotografías publicitarias de
hoteles y almacenes para la sección de reclames en los años 20; y
junto a Tomás Bagli Impresores, una serie de afortunadas tarjetas postales
alusivas al pueblo, contribuyeron a mostrar el lugar al desprevenido
viajero, a menudo sin ideas orientadoras de la historia consagrada y
propia de Carmen de Patagones y Viedma, capital histórica de la Patagonia.


Los padres salesianos poseían una cámara y modesto laboratorio de
revelado. Al espíritu documentalista y observador, se deben algunos
registros desde los techos del colegio San Francisco de Sales, durante la
gran inundación de 1899 que arrasó el casco edilicio de Viedma.
Un retrato en conjunto con capitanejos, resalta la figura del cacique
Sayhueque obtenida por los padres cerca de Valcheta, y un grupo familiar
de mujeres y niños indígenas cercanos a San Javier, aun atesoran el largo
tiempo transcurrido, en una fotografía de enorme valor etnográfico.
Borrados los contornos distintivos del pueblo anterior, inevitable a la
transfiguración que el progreso multiplica, las viejas fotografías de
Viedma con sus casas rodeando la plaza eclesiástica y el macizo salesiano
aún sorprenden
Vinculado al arte fotográfico por años, Luis La Valle supo fotografiar el
lugar encuadrando los hitos destacables entre la tradición respetable y
los síntomas del renuevo.
Con sensibilidad presentó la familia viedmense en retratos predominantes
de íntima luz, y un decorado afrancesado de ornamentaciones, aparentando el
pórtico de una fábula convenida, desde su estudio en la calle Buenos
Aires.
A cielo abierto documentó el júbilo de las reuniones cívicas, las acciones
de la vida simple con originalidad, receptando los ángulos cuidadosamente
establecidos.
Corresponsal en Viedma del semanario ilustrado Caras y Caretas, el alfa de
las revistas porteñas, no fueron pocas las fotografías publicadas en sus
páginas sobre diversos acontecimientos locales, que el autor remitiera con
frecuencia.
Material inagotable, la prolífica obra de Luis La Valle se asegura un
lugar prominente en la memoria, permitiéndonos visitar en blanco y negro
el pueblo de antaño.
Su obra fue continuada por el fotógrafo Norberto Filippini, con su sello
característico al dorso de las fotografías sociales, por varias décadas.

Moviéndose en comitiva doméstica,
sacando del molde cotidiano la crianza aferrada a las municiones del
desayuno, y con interés dictado a puro sentimiento, que la vida es el
placer de recordarla, la mañana se consagraría a la sesión de fotografía
de estudio, en una aspiración premurosa y definidora de la familia unida.
Telones finiseculares con ánforas pintadas y marmolería utilera
apenada de perspectiva, provocaría un encanto pertubador a la purretada
ganosa de bullanguería, apenas superada por la curiosidad del entorno.
El fotógrafo atento sin cargo, diversificando observaciones, inspirado y
peculiar, acomodaría la clientela por orden de genealogías, con el padre
al medio, firme, rugoso y tutelar.
Y así el grupo en friso, estaba listo para el retrato ajustado al modelo
perenne, y casi irreductible de la costumbre…


La ancha calle
terrada de Carmen de Patagones y el arco de triunfo erigido para recibir
al general Julio Argentino Roca en 1879, documentan en detalle el pueblo
de frontera que Antonio Pozzo retrató. Algunas esquinas abren paso a
otros registros importantes del lugar, fotografiados por primera vez; un
vapor en muelle, la ribera y el interior del colegio salesiano con sus
alumnos, se transforman en una inimitable muestra del pasado cotidiano, a
través de la lente del fotógrafo de la “expedición del desierto”.
Antonio Pozzo nació en Bordighera en la región lombarda en 1829. Muy joven
llegó al país y se desempeñó como aprendiz de los daguerrotipistas John
Elliot y posteriormente Thomas Helsby. Retratista prolífico abrió su
estudio en la concurrida calle de la Piedad en la ciudad Buenos
Aires, con destacada clientela y un registro de retratos al daguerrotipo
de Mariquita Sánchez de Mendeville, viuda de Thompson, el general José
María Paz, Justo José de Urquiza y otros prominentes.
En agosto de 1857, contratado por el naciente ferrocarril del Oeste, Pozzo
obtiene en el acto inaugural un excelente “clisé” resultado de la
estratégica colocación de cuatro aparatos enfocados en un punto central,
donde las locomotoras La Porteña y La Argentina, mostraban su porte en
histórica presentación junto a la estación del Parque.
La asociación de Antonio Pozzo y el ferrocarril por varios años, permitió
el legado de inmejorables vistas de estaciones, máquinas y gente del riel.
A su fecunda carta de presentación, se agrega el cargo de fotógrafo
oficial de la Municipalidad y en 1878 convocado para retratar al cautivo
cacique Pincén, ejercita varias placas en su nuevo estudio de la calle
Victoria.
Amigo de Adolfo Alsina, la idea de recorrer el “zanjón” desde el sur de
Córdoba hasta Bahía Blanca lo llevan en 1879, al inmenso paisaje
sureño con la expedición de Roca.
Costeándose sus propios gastos junto al ayudante Alfonso Bracco, se
encolumna entre las carretas expedicionarias camino a Choele Choel.
Cruzando el río Colorado plasma diversas fotografías de las tropas
acantonadas en la ribera, indios vencidos y actos bautismales entre la
chusma aborigen de niños y ancianos. El retrato vencedor de Roca, Vintter
y García; la oficialidad alineada junto a los parajes silenciosos
apenas perceptibles en el atardecer junto al río Negro.
Pozzo contaba con una pesada cámara y trípode de treinta kilos. Con óptica
simple y el sistema de placas de vidrio, que se preparaban
rigurosamente antes de cada toma, imponiendo un largo y muy cuidadoso
proceso entre exposición y revelado, con el material siempre húmedo y un
laboratorio completo y muy próximo que se transportaba en carreta.
Las exposiciones de 5 a 30 segundos, y el gran conocimiento de la luz en
su punto ideal posible, frente a las dificultades de una escena a
retratar, constituía un verdadero desafío entre el movimiento de la tropa,
la caballada y los imprevistos frente a una obturación tan comprometida en
tiempo.
La cantidad de “vistas” que obtuvo Pozzo es imprecisa; varios son los
álbumes agrupando hasta 50 fotografías y otras sueltas inventariadas aquí
y allá, fueron apareciendo en diversas colecciones oficiales y
particulares.
Las realizadas en Carmen de Patagones son pocas y aún en la
austeridad de material, resalta la obtenida en el cerro de la Caballada,
donde se destacan diversas carretas y un vivac, resultando en el primer
encuentro a través del retrato fotográfico de un sitio tan unido a la
gesta de Patagones de 1827.
Antonio Pozzo falleció el 29 de agosto de 1910, en su casa del barrio de
Flores. El periódico Social de la localidad, publicó un extenso obituario
destacando la personalidad del difunto, pero infortunado fue, que
omitieron su profesión de fotógrafo.
M.B.







