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A la contribución que hicieron los cartógrafos españoles y portugueses en la carrera de las Indias  a lo largo de los siglos XVI y XVII desarrollando las “cartas de marear”, emeritó la promoción del oficio de navegar, el desarrollo de las ciencias matemáticas y la construcción de instrumentos eficaces de orientación y medición.
Si bien la Casa de Contratación de Sevilla sirvió de punto de convergencia de todas las informaciones de los navegantes hispanos al Nuevo Mundo, las de Zaragoza y  Salamanca ejercieron la labor de enseñar cosmografía, reglas y recomendaciones.
La “Suma de Geografía” de Martín Fernández de Enciso en l519, describe las tierras del Nuevo Mundo y sus costas, anexando en forma de separata una tabla de declinaciones solares.
En 1535 el cosmógrafo Francisco Falero publica en Sevilla, el “Tratado de la Esfera y el Arte de Navegar” incorporando nuevos estudios sobre la declinación magnética, y en 1545, el gran libro del maestro Pedro de Medina el “ Nuevo Arte de Navegar” compendia recientes conocimientos aportando mejores instrucciones académicas, y el reconocimiento de ser traducido a otras lenguas europeas.
España se enfrenta rápidamente al gigantismo territorial de América y en las periferias estratégicas de las costas del extremo sur, las insuficientes referencias  y una geografía costera minimamente trazada, limitó por décadas el reconocimiento y fijación de la gran terra incognita de la patagonia.
Los problemas climatológicos para la navegación a vela, los ríos de puertas falsas sin hablar de las posibilidades de fortificación, demoraron la protección real  y una estrategia imperial en las costas australes. Lo cierto es que hasta 1770  pocas eran las cartas marinas útiles para los navegantes, a duras penas  la de Alonso Berlinguero marcando por primera vez el litoral patagónico, estrecho de Magallanes y aguas de las Malvinas.
La principal referencia de a mediados del siglo XVIII,  fue la bahía de Puerto Deseado y sus condiciones naturales controlando la difícil navegación a través del estrecho magallánico y las islas del Atlántico sur. Los  estudios del teniente de fragata Manuel de Pando en 1769 y posteriormente el superintendente interino Antonio Viedma, clarificaron aspectos de calado,  compensación de antiguos errores y precisión suficiente para “ la navegación a estima”. A partir de 1781 se incentivaron los reconocimientos de la Tierra del Fuego y comprobaciones de profundidades costeras, editándose con la denominación de “ Mapa geográfico que comprende todos los modernos descubrimientos de la costa Patagónica y sus puertos desde el río de la Plata  hasta el puerto de río Gallegos junto al cabo de las Vírgenes, la porción descubierta del río Negro y caminos por la campaña desde Buenos Aires”  en  panel de tinta y colores sobre papel, con explicaciones y que aún guarda el Archivo de Simancas.
La poca efectividad española de las exploraciones en  Magallanes, Tierra del Fuego y Malvinas a fines del siglo XVIII,  fue la existencia de amplísimas regiones en el territorio del Plata y un control estratégico drástico, frente a las posibles penetraciones de otras coronas expansionistas por el estuario. Indudablemente España hubo de esforzarse por conocer la Patagonia antes de hacerlo por consolidar y defender, tarea que el tiempo demostraría adversa quedando como atalaya el puerto y fuerte del Carmen de Patagones, que nos concede otra historia entre otra
circunstancias.                                                 

Referencias
Obras especializadas: Puerto y Fortificaciones en Amèrica. Cehopu. 1985
Cartografía y Relaciones Históricas de Ultramar. Servicio geográfico. Madrid. 1983
España: Archivo Histórico Nacional. Museo Naval.Archivo General de Simancas
Instituto de Historia y Cultura Naval

 

Descubierto el Nuevo Mundo, España guardó celosamente aquellos conocimientos de recónditas tierras que los navegantes traían al imperio, en una conquista cuidada de información, aprisionando documentos en inventados archivos. Sevilla sería el repositorio de manuscritos y cronicones de una América mágica, asiento de culturas y fecunda sábana de humanidad que inquieta y desconcierta, agitando el pensamiento.
El apartado privilegio español pronto escapa de su influencia y en la carrera monumental por una América repartida, impulsan a otras coronas a conquistas y exploraciones sin miedo y sin reproche.
Un nuevo camino abre sus puertas con la más natural de las sorpresas y la imaginación del hombre se alza alterada, liberando ideas mientras las corrientes del Atlántico arrastran incontables riquezas a Europa, demoliendo por siempre la columnas  herculiánas del occidente conocido.
América aceleraría el proceso histórico de la era medieval, las dimensiones del mundo cambiarían entre  progresos científicos que se multiplican y las posibilidades del experimento nuclea como nunca sabios y eruditos.
En cuatro décadas apenas, se exploran las tierras del Labrador, se derrotea el Pacífico, se penetra el Amazonas, el Orinoco, el Magdalena y el Plata, mientras se desafían impensables distancias entre páramos, desiertos y selvas.
El Nuevo Mundo es tentación arrolladora para portugueses, holandeses e ingleses y aún así  los españoles los menos andariegos del viejo continente, jamás serían superados en audacia en esa bendita tierra americana, donde ya nadie habla de descubrimiento sino de desenfrenada conquista.
Pero en Europa,  se piensa a través de la fábula frente al espejo de lo mágico y la fantasía, lo sagrado y lo profano, la excesiva credulidad que emana de lo irreal frente a una naturaleza aún incomprensible.  América de  Vespucci, el continente presentido donde rondan en el imaginario popular  amazonas y cíclopes, bestias gigantes y orejones escondidos en las fronteras de los siglos, custodiados por salvajes cinocéfalos.
Si fray Giovanni de Perugia con su obra Historia Mongolarum en 1247 y Marco Polo de Venecia con El Millón, inician la literatura de los viajes sorprendiendo al viejo mundo, no habría otra obra más significativa en posteriores siglos que la Carta Mundus Novus del italiano Americo Vespucci “revolucionando la concepción del cosmos”como nadie lo había hecho.
¿Como imaginaba Europa a la terra incógnita americana?...en aquellos tiempos en que las glosas y las máximas ahogaban los textos,  floras y faunas imaginarias se confundían con leyendas y en lo real, se apegan incomprensibles imaginarios que impresionan y asustan.
A la madre de las dudas, aparecen los primeros libros ilustrados trazando imágenes que los marinos cuentan poseídos por el desconcierto. El sentido de Copérnico se cumple, “ existen  las antípodas”y la ilustración se traslada al escenario americano.
Girolamo Benzoni, un italiano que por quince años recorrió los territorios españoles de América Central, escribe en 1565 una larga narración de sus propias experiencias, fuente inspiradora que utilizaría  Theodore De Bry, para sus primeras y extraordinarias ilustraciones, estableciendo la visualización europea de ese mundo abierto detrás del Atlántico.
De Bry de origen holandés, maestro grabador de metales, ilustra minucioso con nuevas técnicas sobre planchas de cobre que imprime al papel, escenas de aquellas historias maravillosas, resultando una colosal obra de cuatro volúmenes, dividida en catorce partes.
Anexando fuentes verbales de navegantes holandeses y franceses, los cronistas no dudan en solicitar a Theo De Bry, dibujos de sus épicas americanas para dramatizar los encuentros con mares tenebrosos y ríos de esmeraldas. Indios desnudos llevando cofres de oro en polvo como si fuera arena, los oscuros bosques albergando todos los engendros de la novela medieval,  entre las amazonas que declaró Colón haber visto, poblando el ancho corazón de las islas.
Con un escenario  inventado en las primeras narraciones, muchos  artistas pincelaron imágenes helénicas de aborígenes de ojos azules, ángeles posándose sobre chozas, rubicundas mujeres en actitudes europeas de recato y hombres con porte soldadesco en gélidas tierras australes. Hubo otras plagadas de salvajismo, animadas de caníbales y rituales impensables en las anchas playas del Caribe y finalmente el asiento de un paraíso terrenal, con una naturaleza más bella que el arte, sin hambre ni tristeza.
Aquel paraíso amerindio que Vespucci  predicó contraponiéndose al fraile dominico Tomás de Ortiz, que aseveraba “que los hombres que habitan la tierra firme del nuevo mundo no tienen ni amor ni vergüenza y cuanto más crecen se hacen peores”, ni lo uno ni lo otro resultaría con el devenir de los años, cada más distante del “ destino providencial” que la cuestión de América,  plantearía después del descubrimiento entre observados y observadores.
Aún muy avanzado el siglo XVIII, las ilustraciones prosiguieron como fórmula estoica de representar el mundo nuevo y a la voluptuosidad sensual de anteriores artistas, vendrían las apreciaciones más científicas montadas en la zoología y la botánica, con misiones de estudio en diversas regiones; las de Mutis, von Humboldt, La Condamine, Goudin des Odonais, Solander y tantísimos otros.
Los nuevos grabados de la Patagonia impresos en 1788,  tras la expedición del comodoro Byron, siguiendo los vientos de Francis Drake y Thomas Cavendish y las aproximaciones holandesas de 1615, revelaron “ una tierra muy lejos siempre muy lejos, entre soledades y mares soberanos de tempestades que no cesan ”
Y así el Nuevo Mundo de quimeras y dorados, se dibuja en la mente y en las telas de la iglesia y el estado. Crecerían los relatos para encantamiento de las letras castellanas,  representando espectáculos de maravillas tan distintas con la vejez de Europa.
De aquéllos grabados a partir de Theo De Bry, la historia guardó muchísimos en archivos y museos como imágenes perpetuas, a través de los siglos de aquél monumental friso del nuevo mundi descubierto,  entre el estribo medieval y la era moderna, el continente de siete colores.